
Debía tener a lo sumo nueve años cuando un día de verano, en ese lugar de Villa Ocampo que mis tías abuelas llamaban "el corredor del río", pensaba, casi en alta voz, aspirando el perfume de los jazmines: "El amor lo es todo. Todo, todo, todo. Todo depende de él en este mundo y todo viene de él, existe por él. No hay que buscar nada más...". Este descubrimiento me empujó hacia la ambición: soy un genio, me dije. Jamás he leído esto en los libros y es un hallazgo.