martes, 10 de febrero de 2009


En mi cabeza remolinea un algo indefinido... No sé qué ideas inacabadas, una sed angustiosa de lo bello, de lo poético; un deseo ardiente de expresarme con esta belleza, este brillo, esta riqueza, este no se qué de cautivante, de magnífico, de noble. Se dirá: '¡Bah! ideas de una chica que ha leído historias de hadas... o que ha oído hablar de algún escritor que las personas mayores han alabado'. Pero no. No es eso. La impaciencia de mi carácter me hace mucho daño. No soy paciente. Debería serlo mucho más.


La melancolía que desde hace algún tiempo se ha apoderado de mí, envuelve todas mis composiciones, aunque el tema sea alegre.


¡En mi cabeza hay tantos proyectos que serían realizables si tuviera un poco más de paciencia! Desgraciadamente, oh, ¡cuán desgraciadamente me falta esta cualidad, junto con tantas otras!


Las cualidades que yo quisiera para mi estilo son: nobleza, delicadeza, elevación, claridad, precisión. En el momento en que logro que mis composiciones estén bien hechas, es cuando monto en cólera [y tengo vergüenza de confesarlo], o cuando estoy excitada por cualquier otro sentimiento. Confieso que no me parezco en nada a los chicos de mi edad. Qué hacen ellos cuando se aburren, van a jugar. Yo, ¿qué hago?, escribir, leer.


Divagar... Me pregunto si no es ésta mi ocupación favorita. Divagar en el sentido de pensar siempre 'más tarde, ¡ser algo!'. No crean que esto sea ambición, u orgullo, es solamente un objetivo, como cualquier otro. No crean que tengo la pretensión de ser un Víctor Hugo...'