miércoles, 17 de junio de 2009

Gracias por volar conmigo.

"Y luego de tantos años de vida y de vuelo, aquí estoy sentada en este geriátrico. Ya tengo setenta y ocho años y estoy sola. Mi esposo Celestino murió hace seis años... Mi compañero de vida. Mis hijos Encarnación y Heriberto ya están casados, con hijos. Viven uno en Houston y la otra en Connecticut, tengo cuatro nietos pero aún no son compañía porque no hablan. Mis hijos me llaman de vez en cuando, por lo menos cuatro veces por semanas tengo noticias de ellos. Muchos dirán: 'Señora, de qué se queja, la llaman bastante', pero nunca es suficiente cuando se trata de los hijos. Me encantaría tenerlos aquí mismo conmigo. Todavía son mis niños, pero no se puede. Yo también dejé a mi madre y a mi padre, y mis nietos harán lo mismo con ellos. A veces tengo ganas de decirles que aprovechen a sus hijos mucho ahora que son chicos en vez de renegar tanto. ¡Cómo reniega Encarnación con la más chica sobre todo! Pero las experiencias son intransferibles. Ya lo entenderán y estarán ellos también dentro de años en un geriátrico. Qué aburrido es el geriátrico. Los días parecen eternos y no hay nada peor que a uno lo traten como viejo, como inútil, como tonto. Y aún yo me siento lúcida, me funcionan todas las partes de mi cuerpo y sigo andando. Pero debe estar escrito en algún sitio que ya soy chatarra para reciclar. A veces cuando estoy muy aburrida me queda recordar y recuerdo mis treinta y tantos años de vuelo. Los buelos difíciles, turbulentos, y los vuelos placenteros en los cuales reíamos y disfrutábamos verdaderamente de lo que es este trabajo. Recuerdo a Cristal, Josephine, Paul, Belisario, Amalia, Joselyn, y Mayra, todas amigas y amigos tan queridos. Muchos cubanos como yo que llegaron a Florida en busca de un nuevo horizonte. Otros gringos pero buena gente. ¡Cómo reíamos! ¡Cuántos recuerdos! Recuerdo todos los destinos y casi todos los vuelos. Las estadías, los retrasos, las cancelaciones, las llegadas a horario, las felicitaciones y las quejas. Cuando escucho los motores de un avión que pasa, lo miro y pienso en qué etapa del servicio estarán, qué estarán dando de comer y de beber y qué estarán haciendo los pasajeros. Hay dias en los cuales paso horas recordando y se me pasan volando. Hay veces en que las enfermeras, cuando río sola, me miran como pensando 'esta mujer está loca'. Un día una enfermera se me acercó y me preguntó con un tono mu amable: 'Discúlpemen, señora, pero hay días en quela veo rozagante y llena de alegría. ¿Ocurre algo especial en esos días?'. Yo le contesté que sí... que son los días en los cuales recuerdo mi pasado como asistente de vuelo de la Panamerican Airways. Siempre he hecho lo que quise en mi vida, he podido llevar una familia adelante sin dejar mi vida y mi trabajo de lado. El trabajo de azafata para mí fue un cálido refugio, lo que me mantuvo siempre joven, vital y lúcida. Y aún recuerdo mi último vuelo, fue a Buenos Aires y cuando en el vuelo de vuelta el avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Miami se cumplieron los ritos que se practican en esas ocaciones. El jefe de cabina anunció por el altavoz luego de darles la bienvenida a Florida que era mi último aterrizaje. Cuando lo escuché decirlo por el altavoz sentí que me desgarraba, sentí un huevo en el alma y brotaron mis lágrimas... Algo muy curioso sucedió ese día: sentí un puchero otra vez. No recordaba haber puchereado desde mi adolescencia. Mi mandíbula tembló y una lágrima ardorosa rodó sobre mi mejilla. Me sentía una adolescente. También sentí vergüenza, no podía estar llorando frente a todos los pasajeros que me aplaudían. Recuerdo que corrí hacia el galley, me escabullí y cerré la cortina azul con el logo de Panam rápidamente. Me abracé a mis compañeros y me desplomé. Había hecho todo el vuelo sin tener conciencia de que era el último. No quería recordar que era el último. No quería que fuera el último. Es por eso que hoy aquí sentada y aburrida en el geriátrico siento que me faltó hacer mi último vuelo... Hay veces en las que sueño cuando duermo que suena el teléfono y es Tony Perera, jefe de tripulaciones de la base de Miami por los años setenta, que me despierta como aquella vez en el año mil novecientos setenta y uno para ir a buscar un vuelo accidentado. Me reclama para que tome un vuelo porque se enfermó la supervisora de cabina, pero es sólo un sueño, cuando despierto sigo aquí en el geriátrico. Cada vez que me voy a dormir tengo la esperanza de que lo que yo pienso que es la vida real sea un sueño y de pronto despertar teniendo mis treinta y cinco años, mi plenitud y mi trabajo como azafata. Pero eso nunca sucede. Siempre pienso: 'Mañana va a suceder', y sigue sin suceder. Tengo el uniforme intacto colgado en mi habitación con mi insignia lustrada y mi credencial, mis zapatos de tacón y mi cartera. Estoy lista para volar en cualquier momento, sólo falta que me llamen.
Escuchar la voz de Tony en el teléfono que me diga a qué hora me pasa a buscar el carro de la compañía. Pero aún tengo esperanzas de que un día me llamen para mi último vuelo, aunque sea un solo tramo. No pido ida y vuelta. Yo estoy lista... para mi último vuelo, estoy lista... -De pronto se escucha en el teatro un anuncio de aeropuerto diciendo que la Panamerican anuncia la salida de su vuelo 401 a la ciudad de Buenos Aires. Entra un enfermero en escena, se acerca a la mecedora y la toma del brazo...-Sí, sí, soy yo. Están llamándome para mi último vuelo. Mi nombre es Milagros y yo he sido asistente de vuelo para la Panam durante muchos años, es a mí a quien buscan, llévenme, por favor, no puedo perder este vuelo -Milagros se levanta, camina jorobada y con dificultad. Tiene una peluca negra con rodete y unas chinelas con plumas rosaditas, además del camisón rosado-. Es el último vuelo, caballero. Dése prisa, por favor, que se va a cerrar la puerta del avión y no puedo perder mi último vuelo -Ya casi por aforar y en la pata del escenario mira al público-. ¡Soy feliz! Estoy frente a mi público -Y Milagros dice-: Perdón, los tengo que dejar, ya han escuchado, se va mi vuelo y es mi último vuelo. Les agradezco su presencia y su paciencia, espero verlos pronto en un futuro muy cercano, no olviden sus objetos personales en el teatro y ¡gracias por volar conmigo!".

viernes, 5 de junio de 2009

La caída desde la dimensión Z.

Hay antiguos vientos que todavía no comprendo, aunque ahora me parece que siempre he cabalgado en su lomo. Me muevo en la Dimensión Z; el mundo pasa por otro lugar, en otro plano de las cosas, paralelo a mí. Como si, con las manos en los bolsillos e inclinándome un poco hacia adelante, lo viera en el interior del escaparate de una gran tienda.
En la Dimensión Z hay momentos extraños. Después de una curva larga y lluviosa en Nuevo Méjico, al oeste de Magdalena, la carretera lleva a un camino y el camino a un sendero de animales. Un movimiento del limpiaparabrisas y el sendero se transforma en un bosque en el que nadie ha entrado nunca. Otra vuelta del limpiaparabrisas, y otra vez algo, más atrás. Esta vez es una vasta zona helada. Avanzo a través de los pastos cortos vestido con pieles, con el cabello enmarañado y una lanza, delgado y duro como el hielo mismo, todo músculo e impecable astucia. Más allá del hielo, siempre mucho más atrás en la medida de las cosas, están las profundas aguas saladas en las que nado, cubierto de agallas y escamas. No veo nada más, sólo que más allá del plancton está el dígito cero.
Euclides no siempre tenía razón. Pensaba que las paralelas seguían paralelas hasta el infinito, pero también es posible un modo de vida no euclidiano en las que las paralelas se tocan, allá, muy lejos. Un punto en el que todo desaparece. La ilusión de la convergencia.
Pero sé que es más que una ilusión. A veces es posible la unión, la fusión de una realidad con otra. Una especie de suave enlazado. Sin intersecciones nítidas en un mundo de precisión, sin el murmullo de la lanzadera. Sólo... sólo la respiración. Sí, así suena, y así se siente también. La respiración.
Y me muevo lentamente por encima de esta otra realidad, y junto a ella, y debajo y alrededor de ella, siempre con fuerza, siempre con potencia, y sin embargo siempre entregándome a ella. Y el otro ser lo percibe, se acerca con su propia potencia, y a su vez se entrega a mí.
En algún lugar, dentro de la respiración, suena la música, y entonces empieza la curiosa danza en espiral, con un ritmo propio que derrite al hombre de hielo con la lanza y el cabello desordenado. Y lentamente, girando y rodando en adagio, siempre en adagio, el hombre de hielo cae... desde la dimensión Z... y dentro de ella.


Robert Kincaid - The Bridges of Madison County.