Hace algunos días, en un acto escolar, al momento de cantar el himno, levanté la vista al cielo más celeste que nunca y, entre las nubes estratificadas pude visualizar la bandera argentina. En ese mismo momento, con los ojos humedecidos por las lágrimas de emoción que me brotaron, me pregunté por qué sigo sin poder sentir orgullo por mi país, mi nacionalidad, mi patria. ¿Por qué sigo queriendo irme en cuanto tenga la posibilidad? ¿Por qué los mandatarios y el Pueblo mismo hacen que sus propios pares no se sientan a gusto en un lugar rodeado de injusticias, de mentiras, de inseguridad?
Pienso en toda la gente que luchó por nuestra independencia. Pienso en todos los años que vivimos bajo la corona española. Pienso en la gente sin trabajo, sin techo. Pienso en mí, en mi miedo a cruzar la puerta de mi casa, miedo a que tal vez sea la última vez que lo haga. Pienso en la desolación de esas familias arruinadas quizás por un celular, quizás por diez pesos miserables. Pienso en mi futuro, en un futuro que no tengo asegurado, no tengo siquiera mi vida asegurada, tampoco un trabajo. Pienso en mi familia, gente honrada que siempre trabajó para ganarse el pan, para poder lograr una nación para mí y mis hijos. Pienso en mis hijos y no quiero que vivan acá, quiero algo diferente para ellos, algo mejor.
No pido grandes cosas, no pido ser un país que pueda competir con las grandes potencias. Pido sencillamente poder salir a la calle sin miedo de no volver, saber que el día de mañana voy a poder ganarme el plato de comida y no tener la necesidad de salir a robar para conseguirlo, saber que la justicia (qué extraña me suena esta palabra últimamente, ¿existirá realmente?) me ampara a mí y no al asesino, tener la certeza de que la vida de una persona vale mucho más que el dinero.
Y siento esa impotencia de no poder hacer nada. Ni siquiera mi voto vale, cuando a millones de otras personas, ignorantes por culpa de gobiernos anteriores, les compran sus votos y ellos acceden tal vez por un paquete de fideos o una lata de arvejas. Creo que cuando me toque votar el año que viene, no me presentaré. Pagaré la multa o lo que sea necesario. Ahora pienso en lo injusta que soy con mujeres como Evita que dieron su vida para que yo hoy pudiera votar. Pero también pienso en que, si ella en este momento estuviera viva y viera la situación en la que se vive, elegiría volver a morir.
También sé que no soy la única persona entre estos 40 millones que piensa y siente de esta manera. Pero nos falta unión. La gente sólo piensa en salvar su propio cuerpo y el resto, qué más da, ¡que reviente!
Entonces elijo irme porque sé que, lamentablemente, en dos años la situación no va a cambiar, ni siquiera va a mejorar levemente como para devolverme la esperanza de empezar una vida acá.
Ahora, queriendo terminar esto, se me vienen a la mente recuerdos vividos aquí y personas que amo que viven aquí. Y me pregunto si realmente podré algún día subirme a un avión sola, con mi cuerpo y unas pocas pertenencias nada más y dejar toda mi mochila abajo, empapada de incertidumbres, tristeza, dolor y llanto.
Y otra vez sigo sin saber qué hacer...