miércoles, 15 de diciembre de 2010

Fragmento de mi novela, sin título.

En ese momento lo abracé. Con todas mis fuerzas. Lo abracé tan fuerte que creí que él había penetrado en mi cuerpo. Lo sentí más dentro de mí que nunca. Sentí una lágrima. Pero ya no sabía si era suya o mía; en todo caso era de los dos...

Me tomó de la cintura y de las piernas. Yo seguía aferrada a su cuello como si temiera caerme a un abismo y él fuese mi única salvación. Me llevó a mi habitación. No dijo una palabra. Vi que lloraba así que sequé sus lágrimas con mis besos. Me recostó en mi cama y él se puso a mi lado. Se quedó un largo rato mirándome a los ojos mientras yo acariciaba su cara. Ninguno de los dos dijo una palabra. Permanecimos así por horas, lo recuerdo. Permanecimos así, juntos como nunca, o tal vez como siempre. Finalmente se acercó para besarme. Yo cerré los ojos para sentir mejor el roce de sus labios salados. Me abrazó acercándome a su cuerpo y volví a entregarme. Nos fundimos en ese beso y me hizo suya una vez más. Por un instante me hizo olvidar de todo lo malo. Luego se quedó dormido. Pero yo estuve despierta, contemplando su belleza, mientras lo acariciaba lentamente y le daba tiernos besos en todo su rostro, aunque casi imperceptibles, no quería despertarlo. Empecé a imaginar un futuro junto a él, tratando de no recordar el horrible pasado.