Esta carta es la carta que todos debemos escribir en algún momento de nuestras vidas, aunque no siempre queramos hacerlo. Sé que no quiero hacerlo porque en este mismo instante siento un profundo dolor en mi vientre y me sudan las manos, quizá como mecanismo de defensa para evitar que éstas tomen la lapicera y digan todo aquello que temen decir. Pero no quiero que nada me detenga, ni siquiera yo misma. (...) Volví a apostar al reencuentro. Y me rompí el alma contra el muro que me dijeron que estaba, que nunca noté, pero que siempre estuvo. Y me dolió tanto. Me dolió tanto que todavía puedo sentir la amarga sensación del fracaso en mi boca. (...) Supongo no entenderá el motivo de esto. Siento la necesidad de disfrazar este dolor con una despedida que contente a mi espíritu que pide un punto final. (...) Creo que esperaba más de ese encuentro. (...) Lo que menos me esperaba era que volviéramos al punto de partida. Aunque, pensándolo ahora, no es tan malo el punto de partida: es un lugar viejo, conocido, un sitio cómodo para mí, donde sé cómo moverme, qué hacer, qué no hacer. Esa nueva sensación de satisfacción que me dejó el encuentro anterior me gustaba, me encantaba, pero a la vez me hacía sentir rara. Muchas veces me invadía el "y ahora, ¿qué?" y no podía responderlo. Comprendo que sea necesaria la espontaneidad, pero es que la conozco tan poco que tenía miedo de hacer algo que pudiera hacerme llegar de nuevo al maldito y cómodo punto de partida. Lo odio. Lo odio. Maldita seguridad, maldita comodidad. Yo quería otra cosa. (...) Lo que no entiendo es por qué a veces sí y a veces no. (...) No seré perfecta (...) pero hago lo mejor que puedo y trato de ser la mejor persona. Siempre manteniendo mis pensamientos e ideologías, siempre siendo yo y nadie más. Por esto es que mis naves se queman aquí. No creo que le importe. Ni siquiera creo que lea estas líneas. Pero necesitaba hacerlo, necesitaba decírselo y espero que pueda entenderlo. Decírselo quizás era para mí una manera de sentarme conmigo a solas a ordenar mis ideas. (...) Lo quiero. Y siempre lo querré. Sabina lo dijo: Adiós, con el corazón, que con el alma no puedo...
Por siempre suya,
Ceci.
P.D.: No he podido tutearlo como siempre... Sé que es frío, pero es que nunca antes lo sentí tan lejano.
