lunes, 9 de mayo de 2011

Buenos Aires, 9 de mayo de 2011.

Querida Cecilia:
Recibí, después de cinco indescriptibles años, la carta que me enviaste el 16 de agosto de aquel inolvidable 2006. No sabía de su existencia, no la esperaba, no la deseaba quizás. Pero de todos modos me veo en la excitante obligación de responderla, a pesar de saber bien que no puedo hacerla viajar en el tiempo.
Me alegró mucho saber que vos y yo no cambiamos en mucho. Puedo notar la influencia literaria en nuestras vidas a través de la ortografía y la gramática. Tengo que decirte, sin ánimos de ofenderte, que me dio un poco de vergüenza tu ortografía. Pero no puedo culparte. Estabas creciendo. Seguimos creciendo.
Las lágrimas humedecieron mis mejillas al ver una de las frases finales, en la cual me comentabas uno de tus sueños más deseados e inalcanzables para vos en aquel entonces. Tocaste mi corazón, precisamente porque ese sueño te lo cumplí. Y me llené de orgullo al saber que gran parte de toda la persona que somos hoy se debe al cumplimiento de ese sueño por el que seguimos luchando día a día juntas. Creo que, si bien esa pequeña parte con la que vos soñabas ya está cumplida, la meta, el sueño más grande, no tiene un final establecido. Pero de la mano, con pasión, fervor y fe, vamos a llegar lo más lejos que podamos, aunque no siempre dependa de nosotras. Pero te prometo que lo vamos a hacer.
Por otra parte, quiero agradecerte por abrirme los ojos. Te cuento que estaba a punto de zambullirme en una vida que no me llenaría el alma en lo absoluto. No sé qué era lo que necesitaba para darme cuenta. A lo mejor romperme el alma contra la pared. Por suerte llegó tu carta. No sé si será posible una vida alrededor de ése, nuestro otro gran sueño. Te prometo que voy a seguir buscando en tu interior y en el mío aquello a lo que podamos dedicarle nuestra vida. Espero no defraudarte.
Pido disculpas por la tardanza de la respuesta, espero que no sea demasiado tarde. Estoy segura de que nunca es demasiado tarde cuando se trata de ser fieles a nosotros mismos. Y pido disculpas por la confusión que puede causarte mi indecisión por el uso de la primera o tercera persona. Ya lo sabés, aunque le esté escribiendo a una persona que ya no existe quizás, siento que me estoy escribiendo a mí misma.

Un abrazo gigante, que despeje todas las dudas de nuestro corazón.

Ceci, del 2011.