jueves, 11 de agosto de 2011

Crónica de un amor desesperado.

Me matan las dudas. No concibo la idea de no tenerte. Y me sumerjo en mi universo y me entrego a él con toda mi alma. Intento desasirme de tu mano, aquélla que quizás nunca así realmente. Y su calor se hace cada vez más intenso y necesario. No siento el contacto con la tierra. Ningún tipo. Te busco, pero no te encuentro. Quiero ver al final de mi mano, tengo la esperanza de encontrarme con la tuya, pero no puedo ver. A cada instante me vuelvo más liviana. Me voy. Creo que estoy volando, no sé bien hacia dónde. No tengo miedo. 
Ya no siento el calor de tu mano. Ahora sí tengo miedo. El aleteo de un pájaro en las alturas me abre los ojos. Tu mano no está. Tengo frío. Te busco de nuevo, pero ahora sí te encuentro, ahora que mis ojos están abiertos. Estás lejos. Te grito y no escuchás. Date vuelta y mirá cómo mi alma se desintegra con cada paso que das. No te vayas, por favor. Sé que estoy llorando pero no siento las lágrimas por el frío y por esa sensación que comprime mi pecho.
Me recuesto sobre una nube y veo cómo te alejás. Poco a poco, deshaciéndome de toda ilusión posible. Se me cierran los ojos y tengo miedo y me falta tu calor. 
Me envuelve la calma, me ahoga. Ya no veo tu espalda, veo tu rostro. Algo te hizo regresar. Cada vez que abro los ojos puedo ver los tuyos más y más cerca. Creo sentir tu calor, pero el frío me impide discernir. Deseo con todo fervor que no se cierren, porque ya casi estás acá. No puedo. No...