Ahí las veo... Luisa, Inés, Elena y Ana. O debería decir Moria, Nora, Thelma y Graciela. Entonan una canción preciosamente triste, que también llevo tatuada... Cierro los ojos y ESTOY ahí. Estoy sentada en una butaca de la fila 3 y las puedo ver. Luego de entonar esa canción tan hermosa, ellas se abrazan y con ese abrazo cálido se apagan lentamente las luces de la sala. Ese instante de oscuridad es un instante que tengo a solas conmigo, sabiendo que nadie puede verme y que puedo soltar todas las lágrimas contenidas sin vergüenza. Es un instante en el que me encantaría abrazar al que tengo al lado, pero no siempre lo conozco... De pronto, cuando el corazón decide darse un respiro merecido por todo aquello que acaba de vivir, las luces se encienden y puedo verlas a ellas de pie, brindando, y a la quinta acercándose por atrás. Ella se llama Dolores, aunque debería decirle Leonor. A cada segundo está más cerca y mi corazón, que tenía intenciones de respirar, comienza a llorar nuevamente por el profundo cariño que siente por esa mujer. Ella sonríe y yo también, porque soy feliz. Soy feliz de verla, soy feliz de verlas, de estar ahí, de vivir todo aquello. La canción sigue sonando, pero esta vez por un disco de fondo. Las paredes vibran por los aplausos, aplausos que sólo ellas perciben. Yo sólo siento el latido de mi corazón, las lágrimas que recorren mis mejillas y la emoción y la felicidad que me envuelven gracias a toda la magia que habita en ese lugar. Sé que tiemblo. La veo a ella y su sonrisa me agradece (a mí y a todos) el estar presente. Le regalo la mejor de mis sonrisas a ese ángel que bajó del cielo y le tiro un beso, el cual me devuelve. Empieza a alejarse lentamente y la despido, pero no con tristeza. Sé que puede ser la última vez que la vea a Dolores y, aunque no exista, tengo la certeza de que siempre que quiera voy a poder encontrarla.
De la música sólo queda ya un piano muy tenue, casi imperceptible. Miro a mi alrededor y ya no parece haber vestigios de esas personas que gritaban. Comienzan a recoger sus cosas y a irse. Sigo sus pasos. Pero no camino, vuelo por los pasillos del teatro, dejando una parte de mi corazón abierto en esa sala, dejando las lágrimas de emoción que me produjo ese encuentro y llevándome en el alma un recuerdo tatuado con tinta indeleble. Puedo verlo como si estuviese viviéndolo. Sí, puedo sentir el perfume de las paredes. Puedo escuchar su voz. Puedo sentir su mano. De hecho, puedo vivirlo cada vez que lo desee. Poseo la llave de la puerta de mi corazón...