En ese preciso desierto me encuentro yo, desorientada. No sé qué día es. No sé qué hago ni quién soy. No encuentro placer en las cosas que ayer me lo proveían. Veo un libro y me produce rechazo. Veo una película y siento náuseas. Escucho música y no puedo cantar.
Tengo ganas de llorar, pero ya no puedo hacerlo. Dejé todas mis lágrimas del otro lado de la montaña y ahora mi alma está en un desierto.
Sigo esperando el tren que me lleve de vuelta al otro lado de la montaña, pero ese tren pasa una sola vez en la vida... Y el mío ya pasó.
Tendré que acostumbrarme al frío, la sequedad, la aridez, la soledad, la tristeza y la melancolía de la noche de este desierto. Pues el calor, la humedad, la fecundidad, la compañía, la alegría y la ilusión se quedaron del otro lado de la montaña.