Es poco lo que me queda. Para ser sincera, nunca tuve mucho. Palabras... Eso tuve. Nada más que palabras. Una historia inventada quizás. Y un amor inmensísimo.
Ya no tengo nada: ni las palabras, ni la historia... ¿Y el amor? Tengo una máscara clara, luminosa, que hace creer a los demás -e incluso a mí misma- que ya no lo tengo. Pero hay algo extraño en el fondo de mi ser que despierta mi piel cada vez que que evoco esa historia, la banda sonora de aquella película que nunca se llegó a filmar, el guión que quedó en ese tacho de basura, mojado por la lluvia...
Tan sólo queda en mi corazón el esbozo de los latidos enamorados y desesperados encendidos por el calor de ese fuego cavernario de tus palabras y aquellos versos inmortalizados en una hoja amarilla y polvorienta, esfumados por el jugo del dolor que emanaba con cada sístole, empapados con ese olor tan particular de lo que alguna vez supo guardar una pequeña porción de la esperanza de mi alma. Al fin y al cabo, lo único que tuve, fueron palabras.