Después de mucho tiempo volví a mi barrio, escapándome como siempre. Continuaban buscándome y hallé refugio en una vieja casona. Todo estaba destruido y calcinado, allí no me encontrarían. Me recosté en la habitación principal y tuve mi primer encuentro con la paz. Las preguntas se me clavaron en la piel como los vidrios de la ventana que estallaron con la bomba del hospital, unos minutos antes. Fueron infinitas, sólo recuerdo las que más me atormentaban. ¿Es posible que hayan sobrevivido? ¿Podré escapar? ¿Existirá algún sitio en el que esté seguro? Había sufrido mucho y no quería morir, no quería callar todo lo que había soportado. Tenía que sobrevivir y hacerlo saber por los millones que hubieran querido y no pudieron.
Recordé a la muchacha que conocí el día que me llevaron. Lloré al pensar que podría estar muerta. Por primera vez me quebré. Definitivamente me había enamorado. La necesitaba a mi lado. Necesitaba que me dijera: “Saldremos de aquí. No sé cómo ni cuándo, ni siquiera a dónde iremos. Pero saldremos. Te lo juro”. Ya no recordaba su rostro, no tenía sentido, de seguro había muerto como los demás. Pero necesitaba salir de allí y denunciar todo aquello. Me faltaba seguridad, mi alma ya estaba derrotada y necesitaba de esas palabras.
Me dormí ahogado en lágrimas y desperté con hambre. Bajé y encontré una lata de comida. Debo haber hecho tanto ruido al intentar abrirla que un oficial que hacía guardia estaba detrás de mí cuando me volteé. Sólo me preguntó a qué me dedicaba. Temí morir. Estaba a un disparo de que mi miedo se hiciera realidad y se apagara el grito desesperado de millones de judíos más. Respondí que era pianista en mi básico alemán y el oficial me condujo en silencio a una sala donde había un piano de cola. Supuse que me pidió que tocara. Dudé. Hacía meses que no tocaba. Una vez sentado en ese pequeño banquito, cerré los ojos y me dejé llevar… Entonces la escuché. Escuché por fin su voz diciéndome aquellas palabras que me llenaban. Descubrí la esperanza en el tono de su voz que sólo se alzaba cuando mis dedos tocaban sus mejillas blancas como el marfil. Mientras que el oficial sólo observaba las curvas de su cuerpo esbelto, yo conocía cada movimiento su interior y sabía dónde debía tocar para que me dijera lo que necesitaba escuchar. Nos entendíamos a la perfección y mi alma recuperó toda la fuerza que había perdido.
Al finalizar la guerra, Szpilman escribió un relato llamado “Muerte de una Ciudad” contando su supervivencia en Varsovia. Fue censurado por las autoridades comunistas por el punto de vista con el que fue escrito. Sus memorias fueron reeditadas 50 años después.
En 1945, retomó sus actividades como Director Musical de la Radio Polaca hasta 1963. A su regreso tocó la misma pieza musical que tuvo que interrumpir por causa de la bomba en el estudio, el Nocturno en do sostenido menor de Chopin, autor prohibido durante el gobierno nazi-alemán.

