Hay días en los que siento mi cuerpo desaparecer, en los que me convierto en una especie de fantasma que habita una dimensión desconocida, quizás alguna parte oculta del aire. Sé que alguien en algún lugar del mundo siente lo mismo. Y me pregunto qué sentido tiene seguir. Y pienso. Y recuerdo. Y el dolor en mi pecho me recuerda que tengo un corazón que late, que estoy viva y que aquella sensación fantasmal fue sólo un dulce engaño al cual me sometí para escapar de las tristezas que mi mente dibujó con su lápiz sangriento. Y tengo frío. Y quiero sus abrazos. Sé que nunca tendré su calor a mi lado, pero sigo anhelándolo. Y cierro los ojos y me parece verlo y hasta oírlo tal como lo hice ayer. Y otra vez, al recordarlo, esa sensación de transparencia, de inexistencia, esa sensación fantasmal. Otra vez desaparezco embelesada en su hechizo maldito. Imagino en su voz aquellas palabras que me gustaría oír. Imagino en su rostro aquella mirada tierna que me gustaría recibir. Y otra vez el dolor me recuerda que soy humana, esta vez en forma de lágrimas. Y lloro desconsolada hasta que finalmente dejo de existir, sumergida en mi universo ideal.
