Quizás fue ése el día que todo comenzó.
No lo sé.
No recuerdo muy bien.
Probablemente el termómetro marcaba algunos grados bajo cero, pero yo no tenía frío.
Tenía adentro un fuego, pero no me consumía, sino que me daba la fuerza necesaria para correr.
Me fui sabiendo que ibas a extrañarme, aunque ni siquiera vos te lo imaginabas.
Me lo dijo tu cara de terror.
A lo mejor ese mismo fuego empezabas a sentirlo vos.
Y tenías miedo.
Yo tenía razón, me estabas extrañando.
Ese día me llegó el primero de una cadena interminable de mensajes.
Fui tan feliz.
Así fue todos los días y la ilusión era cada vez más y más grande.
Cualquier excusa era perfecta para que una parte del cielo fuera mía, para estar cerca de vos, a pesar de los muchos kilómetros que nos separaban.
Me sentía bien, importante.
El hecho de que necesitaras saber de mí me hacía sentir segura.
A lo mejor a vos también.
Necesitabas tener la certeza de que no ibas a perderme por tu timidez, por tu silencio.
Y no fue así.
No me fui con otro.
Las palabras anteriores a la salida me hacían saber que me estabas esperando acá y yo no iba a desperdiciar la oportunidad.
Nunca me imaginé que iba a contar estas cosas por acá.
Pensé que iban a poder ser esas historias para contarle a nuestros nietos, aunque no les interese para nada.
Pero ya son recuerdos.Como mi viaje a Bariloche, como esta foto, como los zapallos, como el gato obeso y las largas noches de risas y besos.
